Manifestantes en Minneapolis se reunen en el lugar donde George Floyd fue parado por policia y luego murió porque uno de ellos se arrodilló encima de su cuello.  
(Foto CNS/Eric Miller, Reuters)
Manifestantes en Minneapolis se reunen en el lugar donde George Floyd fue parado por policia y luego murió porque uno de ellos se arrodilló encima de su cuello. (Foto CNS/Eric Miller, Reuters)

Todos nosotros en nuestra Diócesis de Trenton, en el país, de hecho, por el mundo, nos horrorizamos ver la grabación de la muerte de George Floyd el 25 de mayo, un ciudadano afroamericano de Minneapolis, Minnesota. Se ha compartido ese video por todos lados. La imagen horrible de este hombre en esposas, sin poder respirar bajo la rodilla de un policía mientras otros se quedaron mirando, engendra una reacción visceral.

Yo no conozco cuales circunstancias podrían provocar esta acción tan horrenda. Tampoco puedo imaginar lo que podría, en cualquier momento, justificarla. Algo profundamente malo ocurrió. Algo profundamente malo sigue ocurriendo mientras la reacción de muchas personas en ciudades por todo nuestro país desde ese día termina en alzamiento, saqueo y destrucción volátil.

Los ciudadanos en nuestro país tenemos el derecho de manifestarnos, legal y pacíficamente, para luchar por cosas que molestan la consciencia o el sentido de derecho. Y se lo debe hacer. El racismo, una parte triste de la historia estadounidense que se ve demasiado a menudo, es una de las cosas vergonzosas que, en donde se vea y en cómo se vea su rostro feo. El alzamiento, saqueo y destrucción volátil, sin embargo, no son maneras legales, justas ni pacíficas para responder al mal social. En lugar de clamor honesto de que haya la justicia, el comportamiento destructivo solamente agrava la injusticia.

George Floyd no hubiera muerto. No merecía morir y nadie merece morir de la manera en que él murió, a mano de los hombres que causaron su muerte. Simplemente no debería haber pasado.

“Las vidas negras importan” y ningún ser humano, de cualquier raza, puede ni debe negar eso. La vida, cada vida, es un don precioso del Creador quien, únicamente, determina su destino. ¿Por qué no seamos capaces de aceptar esa verdad fundamental de la existencia humana? ¿Por qué nos cuesta seguir eso? ¿Por qué se repiten estas situaciones tan frecuentemente, cada vez, dividiendo más a la sociedad humana?

La pandemia del COVID-19 ha llevado a las rodillas al país. Antes de poder pararnos de nuevo, nos cae encima otra tragedia nacional con otra realización triste de nuestra fragilidad humana, que, de nuevo, nos tira al suelo y nos divide aún más.

Nuestro Señor Jesucristo nos dio un mandamiento: “amar a tu prójimo”. ¿La humanidad lo tomará en serio de manera suficiente para cumplir lo que dice?